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¿Hacerse la cirugía estética mejora la autoestima?

La cirugía estética no sólo es un cambio en la apariencia física, también supone, en muchos casos, bienestar psicológico para quien se decide someterse a ella. El motivo es claro: aumento de la autoestima y la consiguiente mayor seguridad en uno mismo. Sin embargo, siempre hay que estar alerta y tomar precauciones porque no es la solución a todos nuestros problemas. Es preciso ahondar sobre cuáles son las motivaciones que nos llevan a ello y así evitar, en la medida de lo posible, que se genere la situación inversa a la prevista y acabemos a disgusto con nuestro aspecto, con todas las consecuencias emocionales y psicológicas que conlleva.

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Actualmente, el uso de la cirugía estética está muy extendido y millones de ciudadanos se someten a una operación de este clase cada día. Las razones fundamentales que empujan a una personas a este tipo de intervención, en menor o mayor grado, son dos: por deseo expreso del paciente que quiere cambiar alguno de sus rasgos o aspectos físicos -pretendiendo así sentirse mejor consigo mismo y buscar mejorar su autoestima-, o por prescripción médica o defecto -no es cuestión de cambiar algo que no gusta sino de seguir una recomendación médica experta o, en caso de poder modificar algún defecto físico molesto para la vida cotidiana o “marginante” socialmente, poder modificarlo-.

En este sentido, lo que parece bastante claro, tal y como consideran los psicólogos, es que recurrir a la cirugía estética como única forma de remediar las carencias emocionales es una manera de actuar errónea ya que dichas carencias no tienen porqué desaparecer tan sólo por modificar nuestra apariencia exterior. Intervenirse para sentirse mejor con uno mismo no es igual a confiar plenamente en que, por arte de “birli y birloque”, cuando despertemos de la anestesia y nos quitemos las vendas quedarán olvidadas todas nuestras inseguridades. No existe la operación de cirugía estética infalible y no debemos de perder de vista sus peligros.

Y el mayor peligro es la obsesión. Se dan casos extremos en los que la persona llega a obsesionarse tanto con esta clase de intervenciones que acaba siendo víctima del llamado Trastorno Dismórfico Corporal, de modo que su vida gira entorno a su apariencia física, apariencia con la que nunca están conformes. Este trastorno sumerge al afectado en un enfermizo “círculo vicioso” y por más cambios que se haga siempre acaba estando a disgusto con el resultado.

El peligro para nuestra salud -mental pero también física- existe por lo que asegurarse de que estamos obrando bien cuando nos decidimos por la cirugía estática, y reflexionar bien antes de someternos a ella, es clave. Sólo así se tendrán más posibilidades de acertar y lograr el resultado positivo que esperamos. Además, es imprescindible tener muy en cuenta las opiniones y recomendaciones de los especialistas médicos -confirmando que nos estamos poniendo en las mejores manos-, y hacer un compendio con toda la información al respecto, siendo conscientes de cómo es el postoperatorio, cuáles son las consecuencias de la intervención y saber los riesgos que se corren. La normalización y frecuencia de estas operaciones ha hecho que se tomen, en muchas ocasiones, más bien a la ligera cuando, en realidad, afectan e inciden de forma determinante en nuestra salud psíquica y física.

María Font Oliver